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1. El arresto de Arsène Lupin

Fue un extraño final para un viaje que había comenzado bajo los más auspiciosos presagios. El transatlántico La Provence era un buque rápido y confortable, al mando de un hombre de extraordinaria amabilidad. Los pasajeros constituían una sociedad selecta y encantadora. El atractivo de las nuevas amistades y de los entretenimientos improvisados hacía que el tiempo transcurriera agradablemente. Disfrutábamos de la grata sensación de hallarnos separados del mundo, viviendo, por así decirlo, en una isla desconocida y, por consiguiente, obligados a ser sociables unos con otros.

¿Se ha detenido alguna vez a considerar cuánta originalidad y espontaneidad emanan de esos individuos que, la noche anterior, ni siquiera se conocían y que ahora, durante varios días, se ven condenados a llevar una vida de extrema intimidad, desafiando juntos la cólera del océano, el terrible embate de las olas, la violencia de la tempestad y la angustiosa monotonía de las aguas quietas y adormecidas? Una existencia semejante se convierte en una suerte de vida trágica, con sus tormentas y sus grandezas, su monotonía y su diversidad; quizá sea por eso que emprendemos esa breve travesía con sentimientos encontrados de placer y temor.

Pero, desde hacía algunos años, una nueva sensación se había incorporado a la vida del viajero transatlántico. Aquella pequeña isla flotante ya no estaba completamente aislada del mundo del que antes gozaba de plena libertad. Un vínculo las unía incluso en el corazón mismo de las inmensas soledades del Atlántico. Ese vínculo era el telégrafo inalámbrico, gracias al cual recibíamos noticias de la manera más misteriosa.

Sabíamos perfectamente que el mensaje no era transportado por el interior de un hilo conductor. No; el misterio resultaba aún más inexplicable, más romántico, y era preciso recurrir a las alas del aire para explicar aquel nuevo milagro. Durante el primer día de la travesía teníamos la impresión de ser seguidos, escoltados e incluso precedidos por aquella voz lejana que, de cuando en cuando, susurraba a alguno de nosotros unas pocas palabras procedentes del mundo que iba quedando atrás. Dos amigos hablaron conmigo. Diez, veinte personas más enviaron alegres o melancólicas palabras de despedida a otros pasajeros.

Al segundo día, cuando nos hallábamos a quinientas millas de la costa francesa, en medio de una violenta tormenta, recibimos por medio del telégrafo inalámbrico el siguiente mensaje:

“Arsène Lupin se encuentra a bordo de su buque. Primera clase. Cabello rubio. Herida en el antebrazo derecho. Viaja solo bajo el nombre de R……..”

En ese preciso instante, un terrible relámpago rasgó el cielo tempestuoso. Las ondas eléctricas se interrumpieron. El resto del despacho nunca llegó hasta nosotros. Del nombre bajo el cual Arsène Lupin ocultaba su identidad, no conocíamos más que la inicial.

Si la noticia hubiera sido de otra índole, no tengo duda de que el secreto habría sido cuidadosamente guardado tanto por el operador del telégrafo como por los oficiales del buque. Pero era uno de esos acontecimientos destinados a escapar incluso a la más rigurosa discreción. Ese mismo día, nadie supo cómo, el incidente se convirtió en el tema de todas las conversaciones y cada pasajero supo que el famoso Arsène Lupin se ocultaba entre nosotros.

¡Arsène Lupin entre nosotros! ¡El temerario ladrón cuyas hazañas habían sido narradas en todos los periódicos durante los últimos meses! ¡El misterioso personaje con quien Ganimard, nuestro detective más sagaz, sostenía una lucha implacable en escenarios tan interesantes como pintorescos!

¡Arsène Lupin, el excéntrico caballero que solo actuaba en castillos y salones, y que cierta noche penetró en la residencia del Barón Schormann para salir de ella con las manos vacías, dejando, sin embargo, una tarjeta en la que había garabateado estas palabras:

“Arsène Lupin, caballero ladrón, volverá cuando el mobiliario sea auténtico.” Arsène Lupin.

¡El hombre de las mil caras! Bastaba solo un abrir y cerrar de ojos para perderle la pista, en un momento se veía como un  chófer, al siguiente como detective, corredor de apuestas, médico ruso, torero español, viajante de comercio, joven robusto o anciano decrépito.

Considére entonces la extraordinaria situación: Arsène Lupin deambulaba por los reducidos límites de un transatlántico; en aquel diminuto rincón del mundo, en aquel comedor, en aquel salón de fumadores, en aquella sala de música. Arsène Lupin era, quizá, ese caballero… o aquel otro… mi vecino de mesa… el compañero de mi camarote…

“¡Y esta situación habrá de prolongarse durante cinco días!” exclamó a la mañana siguiente la señorita Nelly Underdown. “¡Es insoportable! Espero que lo arresten.”

Luego, dirigiéndose a mí, añadió:

“Y usted, señor d’Andrézy, que mantiene tan buenas relaciones con el capitán, seguramente sabrá algo.”

Nada me habría complacido más que poseer alguna información capaz de interesar a la señorita Nelly. Era una de esas mujeres extraordinariamente hermosas que atraen inevitablemente todas las miradas allí donde aparecen. La riqueza y la belleza forman una combinación irresistible, y Nelly reunía ambas.

Educada en París bajo el cuidado de una madre francesa, viajaba ahora para reunirse con su padre, el millonario Underdown, de Chicago. La acompañaba una de sus amigas, la señorita  Jerland.

Al principio había decidido iniciar un galanteo con ella; pero, a medida que la creciente intimidad del viaje nos fue acercando, pronto quedé cautivado por el encanto de sus modales y mis sentimientos adquirieron una profundidad y un respeto incompatibles con un simple coqueteo.

Además, ella acogía mis atenciones con cierto favor. Se dignaba reír de mis ocurrencias y mostraba interés por mis relatos. Sin embargo, tenía la impresión de contar con un rival en la persona de un joven de gustos tranquilos y refinados; y, en ocasiones, me parecía que ella prefería su humor taciturno a mi frivolidad parisina.

Aquel joven formaba parte del círculo de admiradores que rodeaban a la señorita Nelly cuando me dirigió aquella pregunta. Todos nos hallábamos cómodamente instalados en nuestras sillas de cubierta. La tormenta de la noche anterior había despejado el cielo. El tiempo era ahora espléndido.

“No tengo ninguna información concreta, señorita”, respondí, “pero ¿no podríamos nosotros mismos investigar este misterio tan bien como el detective Ganimard, el enemigo personal de Arsène Lupin?”

“¡Oh, oh! Va usted progresando muy deprisa, señor.”

“De ningún modo, señorita. Antes que nada, permítame hacerle una pregunta: ¿le parece realmente tan complicado el problema?”

“Muy complicado.”

“¿Ha olvidado la clave de que disponemos para resolverlo?”

“¿Qué clave?”

“En primer lugar, Lupin se hace llamar señor R…”

“Información bastante vaga”, replicó ella.

“En segundo lugar, viaja solo.”

“¿Y eso le sirve de ayuda?”, preguntó.

“En tercer lugar, es rubio.”

“¿Y bien?”

“Entonces no tenemos más que consultar la lista de pasajeros y proceder por eliminación.”

Llevaba aquella lista en el bolsillo. La saqué y la recorrí con la vista. Luego dije:

“Veo que, en primera clase, solo hay trece hombres cuyos apellidos comienzan con la letra R.”

“¿Solo trece?”

“Sí. Y de esos trece, nueve viajan acompañados por sus esposas, sus hijos o sus sirvientes. Solo quedan cuatro que viajan solos. En primer lugar, el marqués de Raverdan…”

“Secretario del embajador de los Estados Unidos”, interrumpió la señorita Nelly. “Lo conozco.”

“El mayor Rawson”, continué.

“Es mi tío”, dijo alguien.

“El señor Rivolta.”

“¡Aquí!”, exclamó un italiano cuyo rostro estaba oculto bajo una espesa barba negra.

La señorita Nelly soltó una carcajada.

“Difícilmente podría decirse que ese caballero sea rubio.”

“Muy bien”, respondí. “Entonces nos vemos obligados a concluir que el culpable es el último nombre de la lista.”

“¿Cómo se llama?”

“El señor Rozaine. ¿Alguien lo conoce?”

Nadie respondió. Pero la señorita Nelly se volvió hacia el taciturno joven cuyas atenciones hacia ella tanto me habían incomodado y dijo:

“Entonces, señor Rozaine, ¿por qué no responde usted?”

Todas las miradas se volvieron hacia él.

Era rubio.

Debo confesar que yo mismo experimenté una sacudida de sorpresa, y el profundo silencio que siguió a la pregunta indicaba que los demás compartían aquella súbita inquietud. Sin embargo, la idea era absurda, pues el caballero en cuestión tenía el aire de la más perfecta inocencia.

“¿Por qué no respondo?”, dijo. “Porque, teniendo en cuenta mi apellido, mi condición de viajero solitario y el color de mi cabello, yo también he llegado a la misma conclusión, y ahora creo que deberían arrestarme.”

Mientras pronunciaba estas palabras ofrecía un aspecto particular. Sus delgados labios se comprimían más de lo habitual; su rostro estaba mortalmente pálido y sus ojos inyectados en sangre. Claramente se notaba que bromeaba; sin embargo, su expresión y su actitud nos produjeron una extraña impresión.

“Pero usted no tiene la herida”, dijo ingenuamente la señorita Nelly.

“Es cierto”, respondió él. “Me falta la herida.”

Entonces se subió la manga, desabrochó el puño de la camisa y nos mostró el brazo.

Pero aquel gesto no me engañó. Nos había enseñado el brazo izquierdo, y yo estaba a punto de hacerle notar ese detalle cuando otro incidente desvió nuestra atención.

La señorita  Jerland, la amiga de la señorita Nelly, llegó corriendo, presa de una gran agitación, exclamando:

“¡Mis joyas! ¡Mis perlas! ¡Alguien me las ha robado todas!”

No, no habían desaparecido todas, como pronto descubrimos. El ladrón solo se había llevado una parte de ellas; un hecho muy curioso. De los broches de diamantes en forma de sol, los colgantes engastados, los brazaletes y los collares, no había tomado las piezas más grandes, sino únicamente las piedras más finas y valiosas. Las monturas permanecían sobre la mesa. Las vi allí, despojadas de sus gemas, como flores a las que se hubiera arrancado sin piedad sus hermosos pétalos de colores.

Y aquel robo debió de cometerse mientras la señorita  Jerland tomaba el té; a plena luz del día, en un camarote cuya puerta daba a uno de los pasillos más concurridos del barco. Además, el ladrón tuvo que forzar la puerta del camarote, buscar el estuche de las joyas, oculto en el fondo de una sombrerera, abrirlo, elegir su botín y desprender las piedras de sus monturas.

Naturalmente, todos los pasajeros llegaron de inmediato a la misma conclusión: era obra de Arsène Lupin.

Aquel día, durante la cena, los asientos situados a la derecha y a la izquierda del señor Rozaine permanecieron vacíos; y, ya entrada la noche, comenzó a circular el rumor de que el capitán lo había puesto bajo arresto. La noticia produjo una sensación general de alivio y seguridad. Volvimos a respirar tranquilos. Aquella noche reanudamos nuestros juegos y nuestros bailes.

La señorita Nelly, en particular, se mostró de un humor tan despreocupadamente alegre que me convencí de que, si al principio las atenciones del señor Rozaine le habían resultado agradables, ya las había olvidado por completo. Su encanto y su buen humor terminaron de conquistarme. A medianoche, bajo el resplandor de una brillante luna, le declaré mi devoción con un ardor que, al parecer, no le desagradó.

Pero al día siguiente, para asombro de todos, el señor Rozaine estaba en libertad. Supimos que las pruebas reunidas contra él no eran suficientes. Había presentado documentos perfectamente en regla que demostraban que era hijo de un acaudalado comerciante de Burdeos. Además, en sus brazos no había el menor rastro de una herida.

“¡Documentos! ¡Certificados de nacimiento!”, exclamaban los detractores de Rozaine. “¡Naturalmente, Arsène Lupin puede proporcionarles cuantos deseen! Y en cuanto a la herida, o nunca la tuvo, o ya ha hecho desaparecer toda huella de ella.”

Entonces se demostró que, en el momento del robo, Rozaine se encontraba paseando por la cubierta. A lo cual sus detractores respondieron que un hombre como Arsène Lupin era perfectamente capaz de cometer un delito sin hallarse físicamente presente. Y, aparte de todas las demás circunstancias, subsistía un hecho que ni siquiera los más escépticos podían explicar. ¿Quién, si no Rozaine, viajaba solo, era rubio y llevaba un apellido que comenzaba con la letra R? ¿A quién podía señalar el telegrama, sino a Rozaine?

Y cuando, pocos minutos antes del desayuno, Rozaine se acercó resueltamente hacia nuestro grupo, la señorita Nelly y la señorita  Jerland se levantaron y se alejaron.

Una hora más tarde comenzó a circular, de mano en mano, entre los marineros, los camareros y los pasajeros de todas las clases, una circular manuscrita. En ella se anunciaba que el señor Louis Rozaine ofrecía una recompensa de diez mil francos a quien descubriera a Arsène Lupin o a cualquier otra persona en posesión de las joyas robadas.

“Y si nadie me ayuda, desenmascararé yo mismo al canalla”, declaró Rozaine.

Rozaine contra Arsène Lupin; o, mejor dicho, según la opinión general, el propio Arsène Lupin contra Arsène Lupin. El concurso prometía ser interesante.

Durante los dos días siguientes no ocurrió nada digno de mención. Veíamos a Rozaine deambular por el barco, de día y de noche, buscando, interrogando e investigando. El capitán también desplegó una actividad digna de elogio. Ordenó registrar el buque de proa a popa y revisar todos los camarotes, basándose en la razonable teoría de que las joyas podían estar ocultas en cualquier parte, excepto en el camarote del propio ladrón.

“Supongo que pronto descubrirán algo”, me dijo la señorita Nelly. “Puede que sea un mago, pero no puede hacer que los diamantes y las perlas se vuelvan invisibles.”

“Desde luego que no”, respondí, “pero deberían examinar el forro de nuestros sombreros, de nuestros chalecos y de todo cuanto llevamos encima.”

Entonces, mostrando mi Kodak, una cámara de 9 × 12 con la que la había fotografiado en diversas poses, añadí: “En un aparato no mayor que este podrían ocultarse todas las joyas de la señorita  Jerland. Bastaría con fingir que se toman fotografías y nadie sospecharía el engaño.”

“Pero siempre he oído decir que todo ladrón deja alguna pista tras de sí.”

“Eso suele ser cierto”, respondí, “pero hay una excepción: Arsène Lupin.”

“¿Por qué?”

“Porque no concentra su atención únicamente en el robo, sino también en todas las circunstancias relacionadas con él que podrían servir de indicio para descubrir su identidad.”

“Hace unos días se mostraba usted mucho más seguro de sí mismo.”

“Así era; pero eso fue antes de verlo actuar.”

“¿Y ahora qué piensa?”, preguntó ella.

“Pues bien, en mi opinión, estamos perdiendo el tiempo.”

Y, en efecto, la investigación no había producido resultado alguno. Entretanto, el reloj del capitán fue robado. Estaba fuera de sí. Redobló sus esfuerzos y vigiló a Rozaine con más atención que nunca. Pero, al día siguiente, el reloj apareció dentro de la caja para cuellos del segundo oficial.

Este incidente provocó un considerable asombro y puso de manifiesto el lado humorístico de Arsène Lupin; ladrón, sí, pero también diletante. Sabía combinar los negocios con el placer. Me hacía pensar en aquel autor que estuvo a punto de morir de un ataque de risa provocado por su propia obra. Sin duda era un artista en su especialidad; y cada vez que veía a Rozaine, sombrío y reservado, y pensaba en el doble papel que representaba, no podía dejar de sentir por él cierta admiración.

A la noche siguiente, el oficial de guardia en cubierta oyó unos gemidos que provenían del rincón más oscuro del buque. Se acercó y encontró a un hombre tendido en el suelo, con la cabeza envuelta en una gruesa bufanda gris y las manos atadas con una cuerda resistente. Era Rozaine. Había sido atacado, derribado y despojado de su cartera. Una tarjeta, prendida con un alfiler en su chaqueta, llevaba escritas estas palabras: “Arsène Lupin acepta con placer los diez mil francos ofrecidos por el señor Rozaine.”

En efecto, la cartera robada contenía veinte mil francos.

Naturalmente, algunos acusaron al desdichado de haber simulado él mismo el atentado. Pero, aparte de que le habría sido imposible atarse de aquella manera, se comprobó que la letra de la tarjeta era completamente distinta de la de Rozaine y, por el contrario, se parecía a la escritura de Arsène Lupin, tal como aparecía reproducida en un viejo periódico encontrado a bordo.

Así pues, parecía demostrado que Rozaine no era Arsène Lupin. Pero ¿era realmente Rozaine el hijo de un comerciante de Burdeos? Y, una vez más, la presencia de Arsène Lupin quedaba confirmada, esta vez de la forma más inquietante.

Tal era el estado de terror entre los pasajeros que nadie quería permanecer solo en un camarote ni aventurarse sin compañía por las zonas más solitarias del buque. Permanecíamos agrupados por simple precaución. Y, sin embargo, hasta las amistades más estrechas comenzaron a enfriarse bajo el efecto de un sentimiento mutuo de desconfianza.


Ahora Arsène Lupin era cualquiera… y podía ser todos. Nuestra imaginación, exaltada por el miedo, le atribuía poderes casi milagrosos e ilimitados. Lo creíamos capaz de adoptar los disfraces más inesperados; de ser, alternativamente, el muy respetable mayor Rawson o el noble marqués de Raverdan; o incluso —pues ya no nos limitábamos a la acusadora letra R— cualquiera de aquellas personas bien conocidas por todos nosotros, acompañadas de sus esposas, sus hijos y sus sirvientes.

Los primeros mensajes inalámbricos procedentes de América no trajeron ninguna noticia; al menos, el capitán no nos comunicó ninguna. Aquel silencio no era precisamente tranquilizador.

Nuestro último día a bordo del transatlántico nos pareció interminable. Vivíamos con el temor constante de que ocurriera alguna desgracia. Esta vez no sería un simple robo ni una agresión relativamente inofensiva; sería un crimen, un asesinato. Nadie imaginaba que Arsène Lupin fuese a limitarse a aquellas dos pequeñas fechorías. Dueño absoluto del barco, con las autoridades impotentes para detenerlo, podía hacer cuanto quisiera; nuestras vidas y nuestros bienes estaban a su merced.

Y, sin embargo, aquellas fueron horas deliciosas para mí, pues me permitieron ganar la confianza de la señorita Nelly. Profundamente impresionada por aquellos inquietantes sucesos y dotada de un temperamento extremadamente nervioso, buscó espontáneamente a mi lado la protección y la seguridad que yo me complacía en ofrecerle.

En mi fuero interno bendecía a Arsène Lupin. ¿Acaso no había sido él quien nos había acercado a la señorita Nelly y a mí? Gracias a él podía abandonarme a deliciosos sueños de amor y de felicidad; sueños que yo sentía no le eran desagradables a la señorita Nelly. La sonrisa de sus ojos me autorizaba a tenerlos; la dulzura de su voz me invitaba a esperar.

A medida que nos aproximábamos a las costas de América, la búsqueda activa del ladrón parecía haber sido abandonada, y todos aguardábamos con ansiedad el momento supremo en que aquel misterioso enigma quedaría, por fin, resuelto. ¿Quién era Arsène Lupin? ¿Bajo qué nombre? ¿Oculto bajo qué disfraz se escondía el célebre Arsène Lupin?

Y, por fin, aquel momento llegó.

Aunque viviera cien años, jamás olvidaría el menor de sus detalles.

“¡Qué pálida está usted, señorita Nelly!”, dije a mi compañera, mientras se apoyaba en mi brazo, casi desfallecida.

“¡Y usted!”, respondió ella. “¡Ah!… ¡Cómo ha cambiado!”

“¡Piense! Estamos viviendo un momento extraordinario, y me alegra profundamente compartirlo con usted, señorita Nelly. Espero que, alguna vez, cuando lo recuerde…”

Pero ella no me escuchaba. Estaba demasiado nerviosa y excitada.

La pasarela fue colocada en su sitio, pero, antes de que pudiéramos utilizarla, los funcionarios de aduanas, impecablemente uniformados, subieron a bordo.

La señorita Nelly murmuró:

“No me sorprendería saber que Arsène Lupin logró escapar del barco durante la travesía.”

“Tal vez prefirió la muerte al deshonor y se arrojó al Atlántico antes que dejarse arrestar.”

“¡Oh, no se burle!”, dijo ella.

De pronto me sobresalté y le pregunté:

“¿Ve usted a ese viejecito que está al pie de la pasarela?”

“¿El del paraguas y el abrigo verde oliva?”

“Es Ganimard.”

“¿Ganimard?”

“Sí. El célebre detective que ha jurado capturar a Arsène Lupin. ¡Ah! Ahora comprendo por qué no recibimos ninguna noticia desde este lado del Atlántico. ¡Ganimard estaba aquí! Y él siempre mantiene sus investigaciones en el más absoluto secreto.”

“Entonces, ¿cree usted que arrestará a Arsène Lupin?”

“¿Quién puede saberlo? Cuando Arsène Lupin está de por medio, siempre ocurre lo inesperado.”

“¡Oh!”, exclamó ella, con esa curiosidad casi morbosa tan propia de las mujeres. “¡Me gustaría verlo arrestado!”

“Tendrá que armarse de paciencia. Sin duda, Arsène Lupin ya ha descubierto la presencia de su enemigo y no tendrá prisa por abandonar el barco.”

Los pasajeros comenzaron entonces a desembarcar. Apoyado en su paraguas, con un aire de despreocupada indiferencia, Ganimard parecía no prestar la menor atención a la multitud que descendía apresuradamente por la pasarela.

El marqués de Raverdan, el mayor Rawson, el italiano Rivolta y muchos otros habían abandonado ya el barco antes de que apareciera Rozaine.

¡Pobre Rozaine!

“Después de todo, quizá sea él”, me dijo la señorita Nelly. “¿Qué opina usted?”

“Creo que sería muy interesante tener a Ganimard y a Rozaine en la misma fotografía. Tome la cámara; yo voy demasiado cargado.”

Le entregué mi Kodak, pero demasiado tarde para que pudiera utilizarla. Rozaine ya pasaba junto al detective.

Un oficial norteamericano, que se encontraba detrás de Ganimard, se inclinó hacia él y le susurró unas palabras al oído.

El detective francés se encogió de hombros y dejó pasar a Rozaine.

Entonces, Dios mío…, ¿quién era Arsène Lupin?

“Sí”, dijo en voz alta la señorita Nelly. “¿Quién puede ser?”

Ya no quedaban a bordo más de una veintena de personas. Ella las examinaba una por una, temerosa de que Arsène Lupin no estuviera entre ellas.

“No podemos esperar mucho más”, le dije.

Se dirigió hacia la pasarela. Yo la seguí.

Pero apenas habíamos dado diez pasos cuando Ganimard nos cerró el paso.

“Bueno, ¿qué significa esto?”, exclamé.

“Un momento, señor. ¿A qué viene tanta prisa?”

“Estoy acompañando a la señorita.”

“Un momento”, repitió con tono autoritario.

Luego, clavando sus ojos en los míos, dijo:

“Arsène Lupin, ¿no es cierto?”

Solté una carcajada y respondí:

“No; simplemente Bernard d’Andrézy.”

“Bernard d’Andrézy murió en Macedonia hace tres años.”

“Si Bernard d’Andrézy hubiera muerto, yo no estaría aquí hablando con usted. Está  equivocado. Aquí tiene mis documentos.”

“Sí, son los documentos de Bernard d’Andrézy; y puedo decirle exactamente cómo llegaron a su poder.”

“¡Es usted un necio!”, exclamé. “Arsène Lupin viajaba bajo un nombre que comenzaba por R…”

“Sí; otro de sus trucos. Una pista falsa que engañó a las autoridades de El Havre. Ha jugado una buena partida, muchacho; pero esta vez la suerte está en su contra.”

Vacilé un instante.

Entonces me descargó un fuerte golpe en el brazo derecho, que me arrancó un grito de dolor. Había golpeado precisamente la herida, aún sin cicatrizar, a la que hacía referencia el telegrama.

Me vi obligado a rendirme. No tenía otra alternativa.

Me volví hacia la señorita Nelly, que lo había oído todo.

Nuestras miradas se encontraron; luego dirigió los ojos hacia la Kodak que yo había puesto en sus manos e hizo un gesto que me dio a entender que lo comprendía todo.

Sí; allí, entre los estrechos pliegues del cuero negro, en el hueco oculto de aquel pequeño aparato que yo había tenido la precaución de poner en sus manos antes de que Ganimard me arrestara, allí había ocultado los veinte mil francos de Rozaine y las perlas y los diamantes de la señorita  Jerland.

¡Juro solemnemente que, en aquel momento decisivo, cuando me hallaba en poder de Ganimard y de sus dos ayudantes, me era completamente indiferente todo lo demás: mi arresto, la hostilidad de la multitud…, todo, excepto una sola cuestión: ¿qué hará la señorita Nelly con las cosas que le he confiado?

A falta de aquella prueba material e irrefutable, nada tenía que temer; pero ¿decidiría la señorita Nelly proporcionar esa prueba? ¿Me traicionaría? ¿Actuaría como una enemiga incapaz de perdonar o como una mujer cuyo desprecio se ve suavizado por un sentimiento de indulgencia y de involuntaria simpatía?

Pasó delante de mí.

No dije una palabra; me limité a hacerle una profunda reverencia.

Confundida entre los demás pasajeros, avanzó hacia la pasarela con mi Kodak en la mano.

Pensé que no se atrevería a denunciarme públicamente, pero quizá lo haría cuando se encontrara en un lugar más apartado.

Sin embargo, cuando apenas había descendido unos pasos por la pasarela, con un movimiento de fingida torpeza, dejó caer la cámara al agua, entre el barco y el muelle.

Después continuó su camino y, pocos instantes más tarde, desapareció entre la multitud.

Había salido de mi vida para siempre.

Permanecí inmóvil unos instantes.

Luego, para gran asombro de Ganimard, murmuré:

“¡Qué lástima que no soy un hombre honrado!”

Tal fue el relato de su arresto, tal como me lo contó el propio Arsène Lupin.

Los diversos episodios, que consignaré por escrito en otra ocasión, han creado entre nosotros ciertos vínculos… ¿me atreveré a llamarlos de amistad?

Sí; me atrevo a creer que Arsène Lupin me honra con su amistad y que es precisamente esa amistad la que hace que, de cuando en cuando, venga a visitarme y lleve al silencio de mi biblioteca su juvenil exuberancia, el contagio de su entusiasmo y la alegre despreocupación de un hombre para quien el destino no parece reservar sino favores y sonrisas.

¿Su retrato?

¿Cómo podría describirlo?

Lo he visto veinte veces, y cada vez era una persona distinta; incluso él mismo me dijo en cierta ocasión:

“Ya no sé quién soy. No logro reconocerme en el espejo.”

Sin duda era un gran actor y poseía una facultad maravillosa para disfrazarse. Sin el menor esfuerzo, adoptaba la voz, los gestos y los modales de cualquier otra persona.

“¿Por qué —me dijo— habría de conservar siempre el mismo rostro y las mismas facciones? ¿Por qué exponerme al peligro de una personalidad invariable? Mis actos bastarán para identificarme.”

Y añadió, con un matiz de orgullo:

“¡Tanto mejor si nadie puede decir jamás con absoluta certeza: “¡Ahí está Arsène Lupin!”! Lo esencial es que el público pueda contemplar una de mis obras y decir, sin temor a equivocarse: “¡Eso lo hizo Arsène Lupin!”

2. Arsène Lupin en prisión

No hay turista digno de ese nombre que no conozca las riberas del Sena y que, al pasar, no haya observado el pequeño castillo feudal de Malaquis, construido sobre una roca en medio del río. Un puente de un solo arco lo une con la orilla. A su alrededor, las tranquilas aguas del gran río juegan apaciblemente entre los juncos, mientras las lavanderas blancas revolotean sobre las húmedas crestas de las piedras.

La historia del castillo de Malaquis ha sido tan turbulenta como su nombre, tan áspera como su silueta. Ha atravesado una larga sucesión de combates, asedios, asaltos, saqueos y matanzas. El relato de los crímenes cometidos entre sus muros haría estremecer al corazón más valeroso. Numerosas leyendas misteriosas rodean al castillo, y una de ellas habla de un célebre pasadizo subterráneo que antiguamente conducía a la abadía de Jumièges y al señorío de Inés Sorel, favorita de Carlos VII.

En aquella antigua morada de héroes y bandidos residía ahora el Barón Nathan Cahorn, o el Barón Satán, como antaño lo llamaban en la Bolsa, donde había amasado una fortuna con una rapidez increíble. Los señores de Malaquis, completamente arruinados, se habían visto obligados a vender el viejo castillo por un precio irrisorio. En él se conservaba una admirable colección de muebles, pinturas, tallas de madera y piezas de loza fina. El Barón vivía allí solo, atendido por tres ancianos criados. Nadie entraba jamás en la propiedad. Nadie había contemplado nunca los tres Rubens que poseía, sus dos Watteau, el púlpito de Jean Goujon ni los muchos otros tesoros que había adquirido invirtiendo sumas inmensas en subastas públicas.

El Barón Satán vivía en un estado de constante temor; no por sí mismo, sino por los tesoros que había reunido con una dedicación tan apasionada y un juicio tan certero que ni el marchante más experto habría podido afirmar que alguna vez se hubiera equivocado en su gusto o en sus apreciaciones.

Amaba sus objetos de arte.

Los amaba intensamente, como un avaro ama su oro; celosamente, como un amante ama a la mujer querida.

Cada día, al caer la tarde, se cerraban y atrancaban las puertas de hierro situadas a ambos extremos del puente y a la entrada del patio de honor. Al menor contacto con cualquiera de ellas, unas campanas eléctricas resonaban por todo el castillo.

Un jueves de septiembre, el cartero se presentó ante la verja situada al comienzo del puente y, como de costumbre, fue el propio Barón quien entreabrió el pesado portal.

Lo examinó con tanta atención como si fuera un desconocido, aunque el rostro honrado y los ojos vivaces del cartero le eran familiares desde hacía muchos años.

El hombre soltó una carcajada y dijo:

“Soy yo, señor Barón. No es otro hombre quien lleva mi gorra y mi blusa.”

“Nunca se sabe”, murmuró el Barón.

El cartero le entregó varios periódicos y añadió:

“Y ahora, señor Barón, traigo una novedad.”

“¿Una novedad?”

“Sí, una carta. Una carta certificada.”

Cómo vivía retirado del mundo, sin amigos ni relaciones de negocios, el Barón jamás recibía correspondencia; por eso, aquella carta despertó inmediatamente en él un sentimiento de sospecha y desconfianza.

Era como un presagio de desgracia.

¿Quién sería aquel misterioso corresponsal que se atrevía a perturbar la tranquilidad de su retiro?

“Debe firmar el recibo, señor Barón.”

El Barón firmó; luego tomó la carta, esperó a que el cartero desapareciera tras la curva del camino y, después de pasearse nerviosamente de un lado a otro durante unos minutos, se apoyó en el parapeto del puente y abrió el sobre.

Contenía una hoja de papel con este encabezamiento:

Prisión de La Santé, París.

Miró la firma.

Arsène Lupin.

Entonces leyó:

“Señor Barón:

“En la galería de su castillo hay un cuadro de Philippe de Champaigne, de exquisita factura, que me agrada sobremanera. Sus Rubens también son de mi gusto, así como el más pequeño de sus Watteau. En el salón de la derecha he observado la mesa de estilo Luis XIII, los tapices de Beauvais, el velador Imperial firmado por Jacob y el arcón renacentista. En el salón de la izquierda, el gabinete está lleno de joyas y miniaturas.

“Por el momento me contentaré con esos objetos, que pueden transportarse sin dificultad. Le ruego, por tanto, que los embale cuidadosamente y me los envíe, con los gastos de transporte pagados, a la estación de Batignolles, dentro del plazo de ocho días. En caso contrario, me veré obligado a recogerlos personalmente durante la noche del 27 de septiembre; pero, en ese caso, no me limitaré a los objetos antes mencionados.

“Le ruego acepte mis disculpas por las molestias que pueda ocasionarle y crea en la consideración de su humilde servidor,

“Arsène Lupin.”

“P. D. Le agradeceré que no envíe el Watteau de mayor tamaño. Aunque usted pagó treinta mil francos por él, no es más que una copia. El original fue destruido en el transcurso de una noche de libertinaje, bajo la dirección de Barras. Consulte las memorias de Garat.

“No me interesa tampoco la chatelaine de Luis XV, pues dudo de su autenticidad.”

Aquella carta trastornó por completo al Barón.

Si hubiera llevado cualquier otra firma, se habría alarmado profundamente; pero llevaba la firma de Arsène Lupin.

Como lector habitual de los periódicos, conocía perfectamente la historia de los crímenes más recientes y estaba al corriente de las hazañas del misterioso ladrón.

Naturalmente, sabía que Lupin había sido detenido en América por su enemigo Ganimard y que se encontraba encarcelado en la prisión de La Santé.

Pero también sabía que de Arsène Lupin podía esperarse cualquier milagro.

Además, aquel conocimiento tan preciso del castillo, de la ubicación de los cuadros y del mobiliario, daba al asunto un aspecto verdaderamente inquietante. ¿Cómo había podido obtener información sobre objetos que nadie había visto jamás?

El Barón levantó la vista y contempló la severa silueta del castillo, el abrupto peñasco sobre el que se alzaba y la profundidad de las aguas que lo rodeaban. Después se encogió de hombros.

No; no existía peligro alguno. Nadie en el mundo podía penetrar en aquel santuario donde se guardaban sus inapreciables tesoros.

Nadie… salvo Arsène Lupin.

Para él no existían puertas, murallas ni puentes levadizos. ¿De qué servían los obstáculos más formidables o las precauciones más minuciosas, si Arsène Lupin había decidido entrar?

Aquella misma noche escribió al Procurador de la República de Ruan. Adjuntó la carta de amenazas y solicitó ayuda y protección.

La respuesta llegó de inmediato. En ella se le aseguraba que Arsène Lupin permanecía recluido en la prisión de La Santé, sometido a una vigilancia constante y sin posibilidad alguna de escribir una carta semejante, la cual debía de ser, sin duda, obra de algún impostor. No obstante, como medida de precaución, el Procurador había remitido la carta a un perito calígrafo, quien declaró que, a pesar de ciertas semejanzas, la escritura no era la del prisionero.

Pero las palabras “a pesar de ciertas semejanzas” llamaron poderosamente la atención del Barón; en ellas creyó advertir la posibilidad de una duda, y esa posibilidad le pareció suficiente para justificar la intervención de la justicia.

Sus temores aumentaron.

Releyó una y otra vez la carta de Lupin.

“Me veré obligado a recogerlos personalmente.”

Y luego estaba aquella fecha fijada de antemano:

la noche del 27 de septiembre.

Confiar en sus criados era algo que repugnaba a su carácter; sin embargo, por primera vez en muchos años, sintió la necesidad de pedir consejo a alguien.

Abandonado por las autoridades judiciales de su distrito y convencido de que no podría defenderse con sus propios medios, estuvo a punto de viajar a París para contratar los servicios de un detective.

Transcurrieron dos días.

Al tercero, la esperanza y la alegría renacieron en él al leer la siguiente noticia en el Réveil de Caudebec, periódico que se publicaba en una población vecina:

“Tenemos el placer de contar estos días en nuestra ciudad con la presencia del veterano detective monsieur Ganimard, cuya hábil captura de Arsène Lupin le ha proporcionado fama mundial. Ha venido aquí para descansar y distraerse y, como es un apasionado pescador, amenaza con capturar todos los peces de nuestro río.”

¡Ganimard!

¡He aquí el auxilio que necesitaba el Barón Cahorn!

¿Quién mejor que Ganimard, detective paciente y sagaz, podía frustrar los planes de Arsène Lupin?

Era el hombre indicado.

El Barón no vaciló.

La ciudad de Caudebec se encontraba a solo seis kilómetros del castillo; una distancia insignificante para un hombre cuyo paso aceleraba la esperanza de sentirse por fin a salvo.

Después de varios intentos infructuosos por averiguar dónde se alojaba el detective, el Barón acudió a la redacción del Réveil, situada en el muelle.

Allí encontró al autor del artículo, quien, acercándose a la ventana, exclamó:

“¿Ganimard? ¡Seguro que lo encontrará en algún lugar del muelle con su caña de pescar! Lo vi hace un momento y tuve ocasión de leer su nombre grabado en la caña. ¡Ah, mírelo! Allí está, bajo los árboles.”

“¿Ese hombrecillo del sombrero de paja?”

“Exactamente. Es un tipo huraño y de pocas palabras.”

Cinco minutos después, el Barón se acercó al célebre Ganimard, se presentó e intentó iniciar una conversación, pero fue inútil.

Entonces abordó directamente el verdadero motivo de su visita y le expuso brevemente el caso.

El otro escuchó inmóvil, sin apartar la vista de su caña de pescar.

Cuando el Barón terminó, el pescador se volvió hacia él con expresión de profunda compasión y dijo:

“Señor, no es costumbre de los ladrones advertir a sus víctimas antes de robarlas. Y Arsène Lupin, menos que nadie, cometería semejante insensatez.”

“Pero…”

“Señor, si tuviera la menor duda, créame, el placer de capturar nuevamente a Arsène Lupin bastaría para ponerme inmediatamente a su disposición. Pero, por desgracia, ese joven está bajo llave.”

“Puede haberse escapado.”

“¿Pero él…?”

“Él tampoco; no más que cualquier otro.”

“Sin embargo…”

“Bueno, si se escapa, tanto mejor. Lo atraparé otra vez. Mientras tanto, vuelva a su casa y duerma tranquilo. Eso bastará por ahora. Está espantando a los peces.”

La conversación terminó allí.

El Barón regresó al castillo, tranquilizado en cierta medida por la indiferencia de Ganimard. Revisó los cerrojos, vigiló a sus criados y, durante las cuarenta y ocho horas siguientes, llegó casi a convencerse de que sus temores carecían de fundamento. Ciertamente, como había dicho Ganimard, los ladrones no anuncian de antemano el robo que van a cometer.

El día fatal estaba próximo. Era ya 26 de septiembre y no había ocurrido nada. Pero, a las tres de la tarde, sonó la campanilla. Un muchacho trajo el siguiente telegrama:

“No hay mercancías en la estación de Batignolles. Téngalo todo preparado para mañana por la noche.

Arsène.”

Aquel telegrama produjo tal estado de excitación en el Barón que incluso llegó a considerar la conveniencia de ceder a las exigencias de Lupin.

Sin embargo, se apresuró a ir a Caudebec. Ganimard pescaba en el mismo lugar de siempre, sentado en un taburete plegable. Sin pronunciar palabra, el Barón le entregó el telegrama.

“Bien, ¿y qué?” dijo el detective.

“¿Cómo que ‘y qué’? ¡Es mañana!”

“¿Qué ocurre mañana?”

“¡El robo! ¡El saqueo de mis colecciones!”

Ganimard dejó la caña de pescar, se volvió hacia el Barón y exclamó con impaciencia:

“¡Vamos! ¿Cree usted que voy a preocuparme por una historia tan absurda como esa?”

“¿Cuánto me cobraría por pasar la noche de mañana en el castillo?”

“Ni un céntimo. Ahora déjeme en paz.”

“Ponga usted el precio. Soy rico y puedo pagarlo.”

Aquella oferta desconcertó a Ganimard, que respondió con calma:

“Estoy aquí de vacaciones. No tengo derecho a aceptar un trabajo de esa naturaleza.”

“Nadie lo sabrá. Le prometo guardar el secreto.”

“¡Bah! No ocurrirá nada.”

“Vamos… tres mil francos. ¿Será suficiente?”

El detective, tras reflexionar un instante, dijo:

“Muy bien. Pero debo advertirle que está tirando el dinero por la ventana.”

“No me importa.”

“En ese caso… aunque, después de todo, ¿qué sabemos de ese diablo de Lupin? Puede que tenga consigo una banda bastante numerosa de ladrones. ¿Está usted seguro de sus criados?”

“Seguro…”

“Será mejor no contar con ellos. Enviaré un telegrama para que dos de mis hombres vengan a ayudarme. Y ahora, váyase. Es preferible que no nos vean juntos. Mañana por la noche, hacia las nueve.”

***

Al día siguiente, la fecha fijada por Arsène Lupin, el Barón Cahorn dispuso todo su arsenal de guerra, limpió cuidadosamente sus armas y, como un centinela, se paseó de un lado a otro frente al castillo. No vio nada, no oyó nada. A las ocho y media de la noche despidió a sus criados. Ocupaban habitaciones en un ala del edificio, en un lugar apartado, bien alejado de la parte principal del castillo. Poco después, el Barón oyó el sonido de unos pasos que se acercaban. Eran Ganimard y sus dos ayudantes: dos hombres grandes y robustos, de manos enormes y cuellos de toro. Después de hacer algunas preguntas sobre la ubicación de las distintas entradas y habitaciones, Ganimard cerró cuidadosamente y atrancó todas las puertas y ventanas por las que pudiera accederse a las salas amenazadas. Inspeccionó los muros, levantó los tapices y, finalmente, instaló a sus ayudantes en la galería central, situada entre los dos salones.

“¡Nada de tonterías! No hemos venido aquí para dormir. Al menor ruido, abran las ventanas que dan al patio y llámenme. Vigilen también el lado del río. Diez metros de roca vertical no representan obstáculo alguno para esos demonios.”

Ganimard encerró a sus ayudantes en la galería, se llevó las llaves y dijo al Barón:

“Y ahora, a nuestro puesto.”

Había elegido para sí una pequeña habitación situada en el espesor del muro exterior, entre las dos puertas principales, que en otros tiempos había servido de alojamiento al guardián. Una mirilla daba al puente y otra al patio. En un rincón había una abertura que conducía a un túnel.

“Creo que me dijo usted, señor Barón, que este túnel es el único acceso subterráneo al castillo y que permanece cerrado desde tiempo inmemorial.”

“Sí.”

“Entonces, a menos que exista otra entrada conocida únicamente por Arsène Lupin, estamos completamente seguros.”

Juntó tres sillas, se tendió sobre ellas, encendió la pipa y suspiró.

“La verdad, señor Barón, me da vergüenza aceptar su dinero por una ocupación tan cómoda como esta. Se lo contaré a mi amigo Lupin. Le divertirá enormemente.”

El Barón no se rió. Escuchaba con ansiedad, pero no oía más que los latidos de su propio corazón. De cuando en cuando se inclinaba sobre el túnel y dirigía una mirada temerosa a sus profundidades. Oyó sonar las once, luego las doce y después la una.

De pronto, agarró a Ganimard por un brazo. Este dio un salto, despertándose de su sueño.

“¿Ha oído?”, preguntó el Barón en voz baja.

“Sí.”

“¿Qué es?”

“Supongo que estaba roncando.”

“No, no. Escuche.”

“¡Ah! Sí… Es la bocina de un automóvil.”

“¿Y bien?”

“¡Pues bien! Es muy poco probable que Lupin utilice un automóvil como ariete para derribar su castillo. Vamos, señor Barón, vuelva a su puesto. Yo voy a dormir. Buenas noches.”

Aquella fue la única alarma. Ganimard reanudó el sueño que había interrumpido, y el Barón no volvió a oír más que los ronquidos acompasados de su compañero. Al amanecer abandonaron la habitación. El castillo estaba envuelto en un profundo silencio; era un apacible amanecer sobre las tranquilas aguas del río. Subieron la escalera, el Barón radiante de alegría y Ganimard tan tranquilo como de costumbre. No oyeron ningún ruido. No vieron nada que pudiera despertar sospechas.

“¿Qué le dije, señor Barón? Francamente, no debí aceptar su ofrecimiento. Me avergüenzo.”

Abrió la puerta de la galería con la llave y entró. Sobre dos sillas, con la cabeza caída y los brazos colgando, dormían los dos ayudantes del detective.

“¡Por los mil demonios!”

exclamó Ganimard.

En ese mismo instante el Barón lanzó un grito:

“¡Los cuadros!¡La credencia!”

Tartamudeaba, se ahogaba al hablar, con los brazos extendidos hacia los espacios vacíos, hacia las paredes desnudas donde no quedaban más que los clavos y las cuerdas inútiles. ¡Los Watteau habían desaparecido! ¡Los Rubens habían sido robados! ¡Los tapices habían sido descolgados! ¡Los gabinetes, despojados de sus joyas!

“¡Y mis candelabros de Luis XVI!… ¡Y mi lámpara de la Regencia!… ¡Y mi Virgen del siglo XII!”

Corría de un lado a otro presa de la más desesperada angustia. Recordaba el precio pagado por cada objeto, hacía sumas precipitadas, calculaba sus pérdidas entre palabras confusas y frases inconclusas. Pataleaba de rabia. Gemía de dolor. Se comportaba como un hombre arruinado cuya única esperanza fuera el suicidio.

Si algo hubiera podido consolarlo, habría sido el estupor que mostraba Ganimard. El célebre detective permanecía inmóvil. Parecía petrificado. Recorría la estancia con una mirada ausente.

¿Las ventanas?… Cerradas.

¿Las cerraduras de las puertas?… Intactas.

Ni una abertura en el techo. Ni un agujero en el suelo. Todo estaba en perfecto orden. El robo había sido ejecutado metódicamente, conforme a un plan lógico e inexorable.

“Arsène Lupin… Arsène Lupin…”, murmuraba.

De pronto, como impulsado por un acceso de ira, se lanzó sobre sus dos ayudantes y los sacudió violentamente. No despertaron.

“¡Diablos!”, exclamó. “¿Será posible?”

Se inclinó sobre ellos y los examinó atentamente. Dormían; pero aquel sueño no era natural.

“Los han drogado”, dijo al Barón.

“¿Quién?”

“Él, naturalmente; o alguno de sus hombres, siguiendo sus instrucciones. Este trabajo lleva su sello.”

“Entonces estoy perdido… No hay nada que hacer.”

“Nada”, confirmó Ganimard.

“Es espantoso… Es monstruoso.”

“Presente una denuncia.”

“¿De qué servirá?”

“¡Oh!, siempre es bueno intentarlo. La ley dispone de algunos recursos.”

“¡La ley! ¡Bah! No sirve de nada. Usted representa a la ley y, en este momento, cuando debería estar buscando una pista y tratando de descubrir algo, ni siquiera se mueve.”

“¿Descubrir algo tratándose de Arsène Lupin? Vamos, mi querido señor, Arsène Lupin nunca deja una pista tras de sí. No deja nada al azar. A veces pienso que se cruzó deliberadamente en mi camino y simplemente permitió que lo arrestara en América.”

“Entonces, ¿debo resignarme a perder mis cuadros? Se ha llevado las joyas de mi colección. Daría una fortuna por recuperarlas. Si no hay otro remedio, que él mismo fije el precio.”

Ganimard contempló atentamente al Barón y dijo:

“Ahora habla usted con sensatez. ¿Se mantendrá firme en esa decisión?”

“Sí, sí. Pero ¿por qué?”

“Tengo una idea.”

“¿Cuál?”

“La discutiremos más adelante, si la investigación oficial no da resultado. Pero ni una palabra sobre mí, si desea contar con mi ayuda.”

Y añadió entre dientes:

“La verdad es que en este asunto no tengo de qué enorgullecerme.”

Los ayudantes iban recuperando poco a poco el conocimiento, con el aire desconcertado de quienes despiertan de un sueño hipnótico. Abrieron los ojos y miraron a su alrededor con asombro. Ganimard los interrogó; no recordaban nada.

“Pero debieron de ver a alguien.”

“No.”

“¿No pueden recordar nada?”

“No, no.”

“¿Bebieron algo?”

Reflexionaron un instante y, por fin, uno de ellos respondió:

“Sí. Bebí un poco de agua.”

“¿De esa jarra?”

“Sí.”

“Yo también”, declaró el otro.

Ganimard olió el agua y la probó. No tenía ningún sabor particular ni desprendía olor alguno.

“Vamos”, dijo. “Aquí estamos perdiendo el tiempo. Un problema de Arsène Lupin no se resuelve en cinco minutos. Pero, ¡Por todos los diablos !, juro que volveré a atraparlo.”

Ese mismo día, el Barón Cahorn presentó formalmente una denuncia por robo con allanamiento contra Arsène Lupin, prisionero en la cárcel de La Santé.

***

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