Los fachos de la ASAB

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Los Fachos de la ASAB y los Crímenes de lizzzcANO
Los Fachos de la ASAB y los Crímenes de lizzzcANO

Hoy visité por primera vez la ASAB. Tristemente debo decir que encontré más espíritu de artista en la vendedora de arepas rellenas que, con esfuerzo, empuja su carrito para instalarse a la entrada de la Facultad de Artes que en los mismos estudiantes de la UD.

Bastó comprar una deliciosa arepa de diez mil pesos, rellena de huevito y carne de res, para terminar conversando con ella. Mientras preparaba el pedido me habló de su trabajo, de las dificultades de la vida diaria y de la necesidad de seguir luchando para salir adelante. Mientras la escuchaba no pude evitar pensar en mi madre.

Mi madre consiguió su título de bachiller varios años después de que yo terminara mis estudios. Siempre me ha producido una mezcla de orgullo y dolor recordarlo. Orgullo porque nunca renunció a aprender. Dolor porque la vida le negó durante décadas oportunidades educativas que debieron haber estado a su alcance mucho antes.

Escuchando a aquella mujer sentí nuevamente ese dolor. Yo tuve la fortuna de acceder a una educación profesional; ellas no. Y aunque la educación no resuelve por sí sola todos los problemas de una sociedad, sigo convencido de que es la herramienta más poderosa de superación de la pobreza y transformación social que hemos construido como humanidad.

Por eso me resultó imposible no preguntarme cuántas mujeres como mi madre o como aquella vendedora quedaron por fuera de las aulas universitarias, no por falta de inteligencia, disciplina o talento, sino porque el sistema nunca estuvo diseñado para abrirles las puertas.

Cuando terminé mi arepa y crucé la entrada de la Facultad de Artes, me acompañaba una sensación incómoda: la persona que más necesitaba estar dentro seguía estando afuera.

Luego de franquear la portería me encontré con una facultad acogedora y llena de color. Sentí mucha decepción al ver que los mismos estudiantes que llegaron con tambores a convocar una asamblea extraordinaria en la Facultad de Ingeniería estaban demasiado ocupados tocando esos mismos tambores en los sótanos y salones, haciendo sonar trombones cerca del Punto Verde y danzando sobre los techos como para prestar dos horas de su tiempo a la construcción colectiva de la reforma de la Gloriosa UD.

Pospusieron dos veces la fecha del encuentro de la Asamblea Multiestamentaria. Después se reunieron en privado para informarnos que los encuentros preparatorios realizados en todas las facultades ya habían cumplido su función y que aquel día parecía más importante construir un arco de cartón en uno de los pasillos.

Un arco que, lejos de sostenerse gracias a la física, parecía sostenerse gracias a la química de materiales y a la todopoderosa cinta pegante. La gravedad hacía todo lo posible por derribarlo; la cinta hacía todo lo posible por mantenerlo en pie.

Cuando se les piden dos horas de discusión colectiva, la respuesta suele ser la misma: aplazamientos, excusas y una capacidad admirable para asumir el papel de víctimas. Una actitud curiosa para quienes dicen defender la construcción democrática, pero parecen profundamente incómodos cuando llega el momento de deliberar con quienes piensan distinto.

Por otra parte, encontré cosas bastante particulares.

Baños mixtos donde había una guarda de seguridad hablando tranquilamente por celular. No sé si estaba allí de forma permanente, si se encontraba realizando alguna labor específica o simplemente había encontrado el lugar más tranquilo de la facultad para atender una llamada. Lo cierto es que la escena era lo suficientemente extraña como para quedarse unos segundos observándola e intentando entender qué estaba ocurriendo.

También encontré maquinaria que, según el nombre del salón, estaba destinada a la fabricación de papel. Confieso que inicialmente creí que se trataba de un taller de serigrafía. Vi salones muy bien dotados de instrumentos musicales, sótanos llenos de lockers y una plaza donde dejé mi maleta sola sobre una mesa con sombrilla mientras realizaba unos trámites en la DIAN. Varias horas después regresé y todo seguía exactamente donde lo había dejado, como suele ocurrir en cualquier facultad de la Gloriosa Distrital.

Creo que la principal dificultad de la sede sigue siendo el hacinamiento.

A diferencia de la ingeniería, donde un aula numerosa aumenta la probabilidad de que alguien formule la pregunta correcta y ayude a aclarar las dudas de los demás, las artes requieren espacios de práctica individual y colectiva. Cada estudiante demanda más tiempo, más acompañamiento y más espacio. Cada artista necesita desarrollar habilidades que difícilmente pueden cultivarse en entornos saturados.

Pero debo reconocer algo: el resultado vale la pena.

Mucho antes de encontrar el salón escuché los tambores. El sonido viajaba por los pasillos, rebotaba contra las paredes y parecía provenir de distintos lugares al mismo tiempo. Seguí aquel ruido hasta encontrar a cuatro jóvenes practicando percusión.

Tres tambores que cabrían entre mis piernas producían un estruendo capaz de hacer vibrar el cuerpo entero. Cada BUM se sentía en el pecho. Cada golpe parecía multiplicarse contra las paredes de la facultad.

He escuchado prácticas del Ejército Nacional cerca del batallón sobre la Décima y no recuerdo haber sentido una potencia semejante. Eran solamente tres tambores, pero por momentos sonaban como una formación completa.

Y fue entonces cuando apareció la contradicción que me acompañó durante toda la visita.

Encontré estudiantes capaces de coordinar ritmos complejos, sincronizar movimientos y construir expresiones artísticas colectivas admirables. Sin embargo, cuando llegó el momento de dedicar dos horas a la discusión colectiva de la universidad que dicen querer transformar, esa misma capacidad de coordinación pareció desaparecer y fue reemplazada por una escenificación mediocre de victimismo para eludir la responsabilidad.

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